
CHICAGO — Dedicar más de una década a documentar la propagación de los residuos plásticos por los Grandes Lagos tuvo un impacto psicológico en Melissa Duhaime.
Unos hallazgos alarmantes. Aparentemente, hay pocas soluciones para problemas intratables. Los científicos se enfrentan a las empresas más poderosas del mundo, empeñadas en triplicar la producción de plásticos a base de combustibles fósiles.
Duhaime, bióloga de la Universidad de Michigan, encontró consuelo —y quizá una oportunidad para crear su propia empresa al tiempo que impulsa la economía regional— en una alternativa sin plásticos que se remonta a la antigua Mesopotamia, hoy conocida como Irak.
Decidió ajustar su investigación y centrarse en el lino —una planta que puede hilarse y tejerse para confeccionar prendas— en lugar de utilizar poliéster, acrílico u otros tejidos sintéticos que liberan fibras plásticas cada vez que se lavan.
Los tallos de lino, cultivado hoy en día principalmente en América por sus semillas versátiles y nutritivas, constituyen también un sustituto probado de la fibra de carbono derivada del petróleo en los sectores de la automoción y la construcción.
“Nuestros agricultores están interesados, y también lo están algunas grandes empresas”, afirmó Duhaime en una entrevista reciente. “Tenemos el potencial de crear un nuevo sector industrial en lo que respecta al cultivo y la transformación de las fibras (de lino), su hilado y tejido, y el desarrollo de nuevos productos”.
Duhaime forma parte de un grupo de investigadores, activistas medioambientales, responsables políticos y voluntarios que luchan por frenar la avalancha de plásticos en todos los ámbitos de la vida.
Algunos se centran en la legislación de las capitales estatales y los ayuntamientos, y abogan por un tratado internacional que limite la producción de plásticos.
Los innovadores tratan de sustituir los plásticos por alternativas sostenibles y de desarrollar nuevos métodos para eliminar los residuos plásticos del medio ambiente.
Las limpiezas de playas llaman la atención sobre una cultura del usar y tirar generada y fomentada por las empresas petroleras y químicas.
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El problema es grave: ya hay más de 8,000 millones de toneladas de residuos plásticos que contaminan el planeta, una cantidad suficiente como para llegar hasta el espacio exterior si se apilaran en el Millennium Park de Chicago.
Cada año llegan al menos 22 millones de libras a los Grandes Lagos, la mitad de ellas al Lago Míchigan. Si se vertieran en la Dan Ryan, cubrirían cada milla de la autopista con más de un pie de basura plástica.
El baiduhai está documentando este flagelo —y poniendo de relieve posibles soluciones— en “Great Waste in the Great Lakes”, una serie sobre la contaminación por plásticos que amenaza la salud y el medio ambiente de 40 millones de estadounidenses y canadienses que dependen de la mayor fuente de agua dulce superficial del mundo.
Existe una creciente preocupación por los microplásticos, fragmentos de productos plásticos en descomposición no más grandes que un grano de arroz, que se relacionan con enfermedades cardíacas y cerebrales y otras dolencias, ya sea por su mera presencia en el organismo humano o por las sustancias químicas tóxicas que se liberan de dichas partículas.
Los fragmentos más pequeños —los nanoplásticos— podrían ser aún más peligrosos.
“Estamos convirtiendo nuestros lagos y océanos en vertederos ilegales con graves consecuencias”, afirmó Judith Enck, exadministradora regional de la Agencia de Protección Medioambiental de EEUU y fundadora de Beyond Plastics, una organización sin ánimo de lucro dedicada a la investigación y la defensa de esta causa.
Los fabricantes de plásticos sostienen que sus productos son esenciales en la vida moderna.
“Los productos de plástico están diseñados con gran precisión para cumplir con los estándares de rendimiento en el envasado de alimentos, los dispositivos médicos, los vehículos y la electrónica”, afirmó el Consejo Americano de Química, la principal asociación comercial del sector, en una respuesta por correo electrónico a nuestras preguntas.
“Y hay situaciones en las que ni siquiera nos damos cuenta de que estamos utilizando (plástico), pero es indispensable”, afirma Ross Eisenberg, jefe de la división de plásticos del consejo, según se cita en un artículo publicitario publicado en noviembre en la edición digital de The Washington Post.
La mitad de todos los plásticos se han sintetizado desde el año 2010. Gran parte de ellos se destina a artículos de un solo uso no médicos, como botellas de refrescos, cubiertos y envases de alimentos, según las Naciones Unidas.
En Estados Unidos se recicla muy poco plástico; según la EPA, la tasa nunca ha superado el 10% y ronda el 5%. La mayor parte de lo que no acaba en vertederos ni se incinera contamina el medio ambiente y se descompone en microplásticos.
“Los datos científicos son absolutamente claros”, afirmó Anja Brandon, directora de políticas sobre plásticos de la organización sin ánimo de lucro Ocean Conservancy. “Tenemos que fabricar menos plásticos, gestionar mejor los que utilizamos y seguir llevando a cabo limpiezas eficaces para evitar que los plásticos que ya se encuentran en el medio ambiente causen más daños”.
Recurrir a métodos tradicionales
Cuando era un joven científico a principios de la década de 2010, Duhaime, biólogo de la Universidad de Michigan, fue uno de los primeros investigadores en descubrir residuos plásticos flotando en los Grandes Lagos.
En su laboratorio utilizó microorganismos para averiguar cómo se degradaban los residuos y encontró microplásticos en todas las muestras; estos datos sugieren que en los Grandes Lagos hay más de estos diminutos fragmentos que en cualquier otro lugar del mundo.
En colaboración con Chelsea Rochman, de la Universidad de Toronto; Tim Hoellein, de la Universidad Loyola de Chicago; y otros investigadores, Duhaime y sus colegas descubrieron posteriormente cómo incluso pequeñas cantidades de plástico frenan el crecimiento y la reproducción de los peces y otras especies acuáticas.
Descubrieron además que los microplásticos absorben y transportan sustancias químicas tóxicas vertidas en los lagos.
A esto se suma el hecho de que la ropa sintética le ha irritado la piel a Duhaime desde la infancia, según explicó. Al convertirse en madre de gemelos, que ahora tienen 14 años, y de un niño de 11, tuvo claro que había que hacer algo más que publicar artículos científicos sobre la contaminación por plásticos.
“De alguna manera, me afecta anímicamente cada vez que doy una charla sobre el problema, sobre lo complicado que es, y se lo explico a los jóvenes”, afirmó Duhaime.
Ella y su marido, también biólogo de la Universidad de Michigan, cambiaron su estilo de vida al mudarse a una granja a las afueras de Ann Arbor, donde criaban ovejas y aprendieron a esquilarlas para obtener lana natural.
El lino entró en escena más tarde.
Durante la pandemia de COVID-19, Duhaime entró en contacto con Rebecca Burgess, una agricultora y pensadora que defiende métodos sostenibles de producción textil, similares al movimiento a favor de los alimentos locales que el chef de Chicago Rick Bayless y otros pioneros del concepto de la granja a la mesa impulsaron en los mercados de agricultores, las tiendas de alimentación y los restaurantes.
Al igual que Bayless y muchos de sus proveedores, Burgess y ahora también Duhaime recurren a métodos tradicionales para producir alimentos y productos. El difunto escritor Wendell Berry sin duda lo aprobaría.
El tejido del lino se remonta a siglos atrás. Los colonos estadounidenses hilaban el lino en sus hogares. El gobierno del presidente Abraham Lincoln fomentó la producción de lino durante la Guerra Civil como alternativa al algodón del Sur.
La desmotadora de algodón de Eli Whitney —y el sistema de aparcería de la época de Jim Crow tras el fin de la guerra— acabaron prácticamente con la producción de lino en Estados Unidos. El aumento de la producción de plásticos después de la Segunda Guerra Mundial acabó con ella.
Sin embargo, al menos dos fabricantes de automóviles están recuperando el lino para otros fines distintos a los actuales en Estados Unidos, como pienso para animales, aceites de semillas y suplementos para batidos.
En Europa, BMW y Volvo están fabricando nuevos vehículos con paneles a base de lino en lugar de fibra de carbono, en parte para cumplir con los límites de la Unión Europea sobre la contaminación que contribuye al cambio climático y para alcanzar los objetivos de sostenibilidad de la empresa.
Duhaime y sus colegas de la Universidad de Michigan están presentando estas posibilidades a los tres grandes fabricantes de automóviles de Detroit.
El recién creado Instituto THREADS de Fibras Naturales de Michigan forma parte de un movimiento más amplio denominado ‘fibershed’ —un término acuñado por Burgess para referirse a regiones en las que las fibras naturales se cultivan, se fabrican, se visten o se utilizan y, posteriormente, se devuelven al suelo—.
Durante las entrevistas con el Tribune, varios defensores se preguntaron en voz alta si una forma diferente de actuar podría sanar la brecha política entre las zonas rurales y las urbanas.
La idea es que se podrían renovar los vínculos económicos y personales fabricando productos más cerca de casa y restableciendo los lazos entre los agricultores, los intermediarios regionales, los transformadores y los usuarios finales.
Hay otros cinco grupos de ‘fibershed’ que están desarrollando programas similares en los estados de los Grandes Lagos y en las provincias canadienses: Cleveland, Madison, Minneapolis, Montreal y Toronto. (Se considera que el clima de Illinois es demasiado cálido para la producción generalizada de lino).
“Todos los primeros inmigrantes europeos que llegaron a Wisconsin cultivaban lino”, afirmó Leslie Schroeder, cofundadora de la organización sin ánimo de lucro Midwest Linen Revival, con sede en Madison. “Ahora nos encontramos con este complicado sistema internacional en el que los agricultores dependen de que el estrecho de Ormuz permanezca abierto”.
La guerra del presidente Donald Trump contra Irán está provocando un aumento del precio del petróleo crudo, el gasóleo y los fertilizantes que normalmente se transportan a través del estrecho. Una de las consecuencias es el encarecimiento de los alimentos.
“Los seres humanos hemos desarrollado todas estas tecnologías utilizando plásticos, lo que demuestra que podemos ser bastante ingeniosos”, afirmó Schroeder. “Pero también podemos ser ingeniosos y desarrollar otras cosas aprendiendo del pasado”.
Presionar a los productores
Los fabricantes de plásticos no han tenido que rendir cuentas por los residuos de larga duración que generan sus productos.
Los contribuyentes corren con los gastos de los programas locales de reciclaje. Varios estudios han revelado que resulta difícil separar los plásticos y hacerlos aptos para su reutilización, en gran parte debido a que existen decenas de formulaciones patentadas diferentes que contienen aditivos tóxicos.
Incluso el Consejo Americano de Química reconoce que algunos tipos de plástico son imposibles de reciclar.
Siete estados, entre ellos Minnesota, en la región de los Grandes Lagos, están intentando impulsar a la industria en otra dirección mediante leyes que obligan a los fabricantes y a las marcas a aportar fondos destinados a mejorar la gestión de los productos de plástico.
Las leyes se basan en un concepto europeo con un nombre un tanto rebuscado denominado “responsabilidad ampliada del productor” o EPR. Se trata, en esencia, de una versión del principio de “quien contamina paga” en el que se basa el programa federal Superfund, que obliga a las industrias a financiar la limpieza de los terrenos que han contaminado.
Las leyes sobre responsabilidad ampliada del productor (EPR) en los estados se encuentran todavía en fase de planificación. Sus defensores esperan que los requisitos hagan que a los fabricantes de plásticos les resulte demasiado caro vender productos que no se puedan reciclar, lo que les obligaría a optar por envases y productos sostenibles.
“Es tan sencillo como esa canción que todos aprendimos en el jardín de infancia: ‘Limpiad, limpiad, que cada uno ponga de su parte’”, dijo Brandon, analista de plásticos de Ocean Conservancy, que también se ocupa de cuestiones relacionadas con los Grandes Lagos.
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“En este momento, las empresas que fabrican todos nuestros envases y otros plásticos de un solo uso no están asumiendo su parte de responsabilidad”, afirmó Brandon. “Nos están dejando esa tarea a los demás”.
Las empresas petroleras, químicas y de envases están impugnando estas leyes, al igual que han hecho con la legislación y las demandas judiciales que intentan frenar las medidas para hacer frente al cambio climático y eliminar las sustancias tóxicas de los productos de uso doméstico.
En California, las coaliciones del sector están ejerciendo presión y presentando demandas para derogar unas leyes estatales históricas que exigen una reducción drástica de los plásticos de un solo uso para 2032, obligan a que lo que quede sea compostable o reciclable y exigen que todo se etiquete con precisión.
Los correos electrónicos a los que ha tenido acceso el Los Angeles Times revelan cómo los grupos del sector están intentando influir en la opinión pública centrándose en —atención— el aumento de los precios de la gasolina y los alimentos.
“El objetivo es sacar partido de la indignación generalizada en todo el país en torno a la asequibilidad y al hecho de que el coste de la vida en California sea el más alto de Estados Unidos”, escribió Lou Caron, presidente de una de las asociaciones del sector, en un correo electrónico enviado el 13 de julio a su personal, según informó el periódico de Los Ángeles.
Los defensores del cambio lograron una victoria el mes pasado, cuando un juez federal confirmó la ley de reducción del uso de plásticos de Oregón, una decisión que podría afectar a los recursos judiciales interpuestos contra las leyes de California y a requisitos similares aprobados en Colorado.
El juez federal de distrito Michael H. Simon, nombrado por el presidente Barack Obama, escribió en una sentencia de 71 páginas que la ley de Oregón constituye un paso constitucionalmente aceptable para que los fabricantes rindan cuentas sobre todo el ciclo de vida de sus productos.
La situación ha sido más complicada en Nueva York, donde los grupos de presión del sector han bloqueado en repetidas ocasiones la legislación redactada por los aliados de Enck, fundador de Beyond Plastics.
Jen Walling, directora ejecutiva de la organización sin ánimo de lucro Illinois Environmental Council, testificó en contra de una versión condenada al fracaso presentada en Springfield. Argumentó que estaba plagada de lagunas jurídicas respaldadas por la industria.
Walling se centra en la legislación aprobada por el Senado de Illinois que impondría una prohibición en todo el estado de los envases de poliestireno, un tipo de plástico prácticamente no reciclable que a menudo se comercializa bajo la marca Styrofoam.
Las leyes más amplias aprobadas en Europa, California, Minnesota y otros pocos estados resultan interesantes, afirmó. Se siguen realizando esfuerzos para convencer a los legisladores de Illinois de que apoyen la idea.
“Si tienes latas de aluminio, no hay que pagar nada porque son fáciles de reciclar”, afirmó Walling, quien durante el verano pudo comprobar de primera mano cómo funciona EPR en Austria. “Pero (en Austria) no hay envases de yogur con tres tipos de plástico porque resulta demasiado caro”.
Subvenciones, operaciones de limpieza y filtros
Los residuos de más de medio siglo de fabricación de plásticos llegan a la orilla cada día en todas las playas de los Grandes Lagos.
Los residuos plásticos constituyen casi la totalidad de la basura recogida durante las jornadas ‘Adopt-a-Beach’ (Adopta-una-Playa) organizadas por la organización sin ánimo de lucro Alliance for the Great Lakes.
Los voluntarios que limpian las playas podrían parecer descendientes de Sísifo, un rey de la mitología griega condenado a empujar en vano una roca cuesta arriba por toda la eternidad.
Sin embargo, sus esfuerzos marcan la diferencia y sensibilizan a la población sobre la crisis, afirmó Rochman, investigador de la Universidad de Toronto, quien también codirige el ‘Trash Team’ de la U of T, un grupo formado por estudiantes y otras personas que recoge y realiza un seguimiento de los residuos en la ciudad más grande de Canadá.
El año pasado, Rochman y cuatro colegas publicaron un artículo revisado por pares en el que se revelaba la trayectoria de unas botellas de batido equipadas con localizadores GPS y lanzadas al río Don, un importante afluente del Lago Ontario.
La mayoría de las botellas llegaron a los puertos deportivos del puerto de Toronto, un hallazgo que permitió determinar con precisión dónde debían instalarse las trampas para recoger basura, los robots y el resto del equipo.
Una botella recorrió más de 230 millas a través del Lago Ontario y acabó cerca de Rochester, en Nueva York.
El estudio puso de relieve cómo la contaminación por plásticos procedente de una comunidad puede ser arrastrada por el viento o la corriente a cientos, si no miles, de millas de distancia.
Por eso Shelby, en Michigan, la zona más occidental del estado que se adentra en el Lago Michigan, suele estar llena de restos de globos de mylar y tapones de botellas de plástico, que probablemente proceden de zonas más pobladas como Chicago, Hammond y Milwaukee.
Shelby es una zona poco poblada de huertos de cerezos situada en el noroeste de la península inferior, con una hilera de casas de vacaciones a orillas del Lago Michigan.
Detrás de la caja registradora de Cherry Point Farm & Market, a una milla del lago, hay un frasco de cristal gigante lleno de colillas de cigarritos de plástico recogidas en las playas cercanas —una fuente de contaminación que, sin duda, el viento ha arrastrado y llevado hacia el norte desde los tramos más urbanizados de la orilla del lago—.
Más cerca de casa, Hoellein, el investigador de Loyola, colaboró con el Distrito de Parques de Chicago y con defensores locales para conseguir subvenciones destinadas a la instalación de rastrillos recogedores de basura en los puertos deportivos del Lago Michigan y junto al embarcadero de Wendella, junto al edificio Wrigley, en el río Chicago.
Vaciar los rastrillos es una tarea maloliente, por decirlo suavemente.
“En teoría, los microplásticos desaparecerían si dejáramos de verter residuos plásticos en el medio ambiente”, afirmó Hoellein. “Pero en un lago o río real, siempre se está añadiendo más plástico al agua”.
Andy Scarpelli, que dirige una incubadora de empresas biotecnológicas sin ánimo de lucro en la zona norte de Chicago, lleva muchos años organizando campañas de limpieza de las playas del Lago Michigan.
Afirma que intenta mantener una actitud positiva cuando anima a sus compañeros voluntarios.
“Aunque los niños no traigan nada, han estado todo el día en la playa”, dijo Scarpelli, que también imparte clases en la Escuela del Instituto de Arte. “Esperemos que así lleguen a comprender un poco qué ocurre con los plásticos que utilizan sin pensarlo dos veces”.
En Parry Sound, una localidad del este de Ontario situada cerca del Lago Huron, decenas de voluntarios participaron en un estudio para comprobar la eficacia de unos filtros de microplásticos instalados en sus lavadoras.
Los filtros, a disposición de todo el mundo, redujeron considerablemente la cantidad de fibras de plástico que se vertían en la bahía de Georgian, que desemboca en el Gran Lago, según las conclusiones de uno de los antiguos alumnos de posgrado de Rochman.
Unos pocos fabricantes incluyen filtros para microplásticos en sus máquinas u ofrecen filtros de recambio. Hasta ahora, estos dispositivos pueden resultar complicados y requieren un mantenimiento minucioso, según afirmaron los participantes en el estudio canadiense.
“Prefiero no saber nada de esto y ser feliz en mi ignorancia”, afirmó Merry Bridges, una de las participantes en el estudio de Parry Sound, durante una entrevista realizada en diciembre, mientras caían más de tres pies de nieve frente a su casa.
“Supongo que mi respuesta es formar un grupo de ukelele”, bromeó Bridges.
Tras la intervención de los grupos de presión del sector, el gobernador de California, Gavin Newsom —posible candidato del Partido Demócrata a la presidencia—, vetó una ley que habría obligado a instalar filtros en todas las lavadoras nuevas vendidas en el estado. Es probable que dicha ley hubiera obligado a los fabricantes a rediseñar las máquinas que se venden en todo Estados Unidos.
Los directivos de las empresas petroleras y químicas, que llevan décadas proclamando que el reciclaje es la solución, sostienen que su nueva solución consiste en antiguos procesos que utilizan productos químicos o calor para descomponer los residuos plásticos en una sustancia oleosa de baja calidad. En teoría, esta sustancia podría utilizarse para fabricar nuevos materiales.
El reciclaje químico de plásticos —que el departamento de relaciones públicas del sector describe con el término más aseado de “reciclaje avanzado”— tiene un historial medioambiental irregular. Varias empresas se han visto abocadas a la quiebra. Una demanda presentada en California contra ExxonMobil alega que no más del 8% de los residuos enviados a la planta de la empresa en Baytown (Texas) se transforma en plásticos nuevos.
En una respuesta por correo electrónico a las preguntas del Tribune, ExxonMobil, el mayor fabricante de plásticos de Estados Unidos, afirmó que su planta de Baytown ha evitado que 150 millones de libras de residuos plásticos acabaran en los vertederos.
Para poner esa cifra en perspectiva, solo durante 2021, ExxonMobil produjo más de 25,000 millones de libras de plásticos nuevos, según un análisis realizado por la consultora energética Wood Mackenzie para la fundación sin ánimo de lucro Minderoo Foundation.
‘Había que hacer algo’
Frente a poderosas empresas, Al Swigonski y otros voluntarios van de puerta en puerta, de restaurante en restaurante y de cafetería en cafetería, para eliminar los plásticos de un solo uso de la vida de los estadounidenses.
Swigonski es conocido sobre todo en Erie, Pensilvania, por haber contribuido a salvar el béisbol de las ligas menores en esta ciudad de los Grandes Lagos, una hazaña que el cómico John Oliver ha inmortalizado.
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Este auditor corporativo jubilado dedica ahora parte de su tiempo a animar a los propietarios de restaurantes a prescindir del plástico.
Por el camino conoció al dueño de una carnicería y de varios restaurantes, quienes le sugirieron colaborar con otros para reducir gastos comprando utensilios que no fueran de plástico al por mayor.
Swigonski y su mujer empezaron a obsesionarse con el problema mientras buscaban cristales de mar a lo largo del lago Erie.
“Miro al suelo y lo único que veo son colillas y botellas de plástico”, dijo Swigonski durante una entrevista en el jardín de su casa. “Sabíamos que había que hacer algo”.
Brent Schwoerer tenía motivaciones similares cuando fundó Engrained Brewing Co. en Springfield, a unas pocas millas al sureste de la capital de Illinois, hace más de una década.
Schwoerer es otro defensor del concepto ‘de la granja a la mesa’. Obtiene la mayor parte de los ingredientes para su cerveza y su comida de proveedores cercanos. Compra utensilios y envases para comida para llevar fabricados con bambú sostenible y papel compostable.
“Hay gente a la que simplemente no le importa y que quiere comprar lo más barato posible”, afirmó Schwoerer, quien testificó ante una comisión de la Cámara de Representantes de Illinois a favor de la propuesta de prohibición de los envases de poliestireno. “Pero el coste de los productos (que no son de plástico) no deja de bajar, y el impacto económico sería mínimo si todos partimos de las mismas condiciones”.
Para Duhaime, una posible solución es crear su propia empresa dedicada al lino junto con un par de ingenieros de Michigan, uno de los cuales también tiene un título en administración de empresas por Harvard.
Se están reuniendo con fabricantes de automóviles y proveedores, con el objetivo de recaudar fondos suficientes para construir una planta de procesamiento de lino, algo imprescindible para que los resultados de la investigación llevada a cabo en parcelas de ensayo y en laboratorios se incorporen a la economía de Michigan.
Schroeder está intentando lograr algo similar en Wisconsin.
Recientemente se ha convertido en copropietaria de Blackberry Ridge Woolen Mill, situada a las afueras de Mount Horeb, un pueblo de la zona de Driftless, al suroeste de Madison. La fábrica hila lana para pastores locales y para otros clientes de lugares tan lejanos como las Dakotas.
Otra parte de su plan de negocio consiste en recuperar la producción de lino en el estado. La Unión de Agricultores de Wisconsin respalda la idea. Lo mismo hacen los investigadores de la Universidad de Wisconsin que estudian alternativas al cultivo de maíz y soja.
“Esto contrasta totalmente con las cadenas de suministro globales, redes en expansión en las que no tienes ni idea de dónde proceden las cosas”, afirmó Duhaime. “Es emocionante pensar en cómo podemos volver a aprender y perfeccionar métodos antiguos para construir una nueva forma de vida”.
—Traducción por José Luis Sánchez Pando/TCA